
AMAZONAS 20-30
Acaba de ser lanzada en Colombia una iniciativa llamada Amazonas 20-30, apoyada por AVINA y el gobierno de Holanda "que promoverá la rendición de cuentas de la gestión pública y del impacto de la actividad privada" en la Amazonia, con el propósito de "crear un nuevo paradigma de desarrollo amazónico que contribuya a la sostenibilidad y la calidad de vida tanto de sus habitantes como de sus ecosistemas", según se lee en la web de la embajada (http://colombia.nlembajada.org/Noticias/Inici%C3%B3_la_alianza_Amazonas_2030). "El Amazonas es un bien global" y "no vamos a esperar un gran acuerdo mundial" para la preservación de la Amazonia, ha agregado la embajadora holandesa al diario colombiano Portafolio (http://www.portafolio.com.co/economia/pais/ARTICULO WEB-NOTA_INTERIOR_PORTA-8290542.html). AVINA, por su parte, es una fundación internacional creada por el empresario suizo Stephan Schmidheiny, con intereses en diferentes ramas de la industria y de la banca globales, entre ellos el controvertido Eternit Group (http://en.wikipedia.org/wiki/Stephan_Schmidheiny). Iniciativa importante, sin duda, al frente de cuya gestión se encuentran personas de las mayores calidades y reconocimientos tanto en la comunidad de ONGs empresariales como en el medio institucional amazónico.
El lanzamiento del nuevo proyecto estuvo precedido de la realización de una encuesta de percepción ciudadana sobre la Amazonia, ejecutada por la prestigiosa firma encuestadora de Napoleón Franco. Los resultados que se han empezado a divulgar son un tanto decepcionantes si tenemos en cuenta que desde hace bastante tiempo ha habido en Colombia proyectos semejantes, incluso de mayor envergadura y fondos, que autorizarían a pensar que la ciudadanía tiene un mayor nivel de conocimiento y de conciencia sobre los problemas de la región, más allá de las FARC y del narcotráfico y de Kapax y de los delfines rosados.
Pero no es así. Una de las mediciones arroja el dato de que el 67% de los encuestados declara no conocer nada sobre la selva tropical. Es una paradoja, pues si bien ese resultado justificaría, aún más, la mayor difusión y divulgación de la problemática amazónica, al mismo tiempo limita las capacidades de la opinión pública para juzgar qué es conveniente y qué no lo es en estas materias.
Para situarse dentro de un contexto necesario, hay que señalar que estas iniciativas de cooperación tienen en Colombia amplios antecedentes que es preciso tomar en consideración, sobre todo por la baja exposición pública que han tenido históricamente y por el hecho de que ni siquiera dentro de las comunidades especializadas, académica y amazónica, se tiene plena claridad y convicción sobre los alcances de tales proyectos y menos aún sobre los tópicos que han sido objeto de intervención. Más bien aparecen rodeados de un aura de esoterismo y mistificación que ya es hora de develar, pues al tiempo que generan expectativas plausibles y convocan simpatías también, para los medianamente enterados, provocan reticencias y escepticismo. Toda lección debe ser aprendida y asumida en sus escuetas dimensiones y a ello va este post.
La cooperación internacional siempre será bienvenda, incluso en países del denominado "desarrollo intermedio" y hasta en los llamados países "desarrollados". La cooperación internacional es un recurso estratégico para afianzar las fortalezas de quienes las tienen y desarrollar capacidades donde no las hay. Y particularmente para crear espacios de intervención de la ciudadanía (a menudo referida como "sociedad civil", un concepto hoy en día en decadencia por el abuso de su uso desde mediados del siglo pasado).
Algunos países, entre ellos Colombia, pese a que en el ámbito internacional son considerados como de "desarrollo intermedio" y, por lo tanto, idóneos para cierto tipo y nivel de cooperación, la recepción de contribución financiera y técnica sigue siendo una necesidad. Para los países ricos o "desarrollados", la cooperación internacional es la filosofía política y el lenguaje que, junto con el de los Derechos Humanos, han adoptando las relaciones internacionales.
La experiencia y tradición de Colombia en estas materias no ha estado exenta de controversias; al contrario: El país ha tenido cooperación internacional, gubernamental y no gubernamental, en casi todos los campos y en todas las escalas. Unos proyectos han sido más vistosos que otros o han tenido mayor aceptación pública, o estimulado más el debate político, como el bien conocido caso del Plan Colombia, luego llamado Plan Patriota, un controvertido paradigma de cooperación gobierno a gobierno, con objetivos centrados en la lucha contra el cultivo de plantas de uso ilícito, el narcotráfico y, recientemente, la insurgencia guerrillera en la medida de su articulación con el narcotráfico.
Dentro de los proyectos que de entrada concitan la simpatía del público están, sin duda, los relacionados con temas ambientales, ciencia y educación, y los de lucha contra la pobreza, aunque estos últimos no suelen tener identidades muy claras, pues a veces aparecen como pro-vivienda, proyectos productivos, entre otras imágenes.
El lanzamiento del nuevo proyecto estuvo precedido de la realización de una encuesta de percepción ciudadana sobre la Amazonia, ejecutada por la prestigiosa firma encuestadora de Napoleón Franco. Los resultados que se han empezado a divulgar son un tanto decepcionantes si tenemos en cuenta que desde hace bastante tiempo ha habido en Colombia proyectos semejantes, incluso de mayor envergadura y fondos, que autorizarían a pensar que la ciudadanía tiene un mayor nivel de conocimiento y de conciencia sobre los problemas de la región, más allá de las FARC y del narcotráfico y de Kapax y de los delfines rosados.
Pero no es así. Una de las mediciones arroja el dato de que el 67% de los encuestados declara no conocer nada sobre la selva tropical. Es una paradoja, pues si bien ese resultado justificaría, aún más, la mayor difusión y divulgación de la problemática amazónica, al mismo tiempo limita las capacidades de la opinión pública para juzgar qué es conveniente y qué no lo es en estas materias.
Para situarse dentro de un contexto necesario, hay que señalar que estas iniciativas de cooperación tienen en Colombia amplios antecedentes que es preciso tomar en consideración, sobre todo por la baja exposición pública que han tenido históricamente y por el hecho de que ni siquiera dentro de las comunidades especializadas, académica y amazónica, se tiene plena claridad y convicción sobre los alcances de tales proyectos y menos aún sobre los tópicos que han sido objeto de intervención. Más bien aparecen rodeados de un aura de esoterismo y mistificación que ya es hora de develar, pues al tiempo que generan expectativas plausibles y convocan simpatías también, para los medianamente enterados, provocan reticencias y escepticismo. Toda lección debe ser aprendida y asumida en sus escuetas dimensiones y a ello va este post.
La cooperación internacional siempre será bienvenda, incluso en países del denominado "desarrollo intermedio" y hasta en los llamados países "desarrollados". La cooperación internacional es un recurso estratégico para afianzar las fortalezas de quienes las tienen y desarrollar capacidades donde no las hay. Y particularmente para crear espacios de intervención de la ciudadanía (a menudo referida como "sociedad civil", un concepto hoy en día en decadencia por el abuso de su uso desde mediados del siglo pasado).
Algunos países, entre ellos Colombia, pese a que en el ámbito internacional son considerados como de "desarrollo intermedio" y, por lo tanto, idóneos para cierto tipo y nivel de cooperación, la recepción de contribución financiera y técnica sigue siendo una necesidad. Para los países ricos o "desarrollados", la cooperación internacional es la filosofía política y el lenguaje que, junto con el de los Derechos Humanos, han adoptando las relaciones internacionales.
La experiencia y tradición de Colombia en estas materias no ha estado exenta de controversias; al contrario: El país ha tenido cooperación internacional, gubernamental y no gubernamental, en casi todos los campos y en todas las escalas. Unos proyectos han sido más vistosos que otros o han tenido mayor aceptación pública, o estimulado más el debate político, como el bien conocido caso del Plan Colombia, luego llamado Plan Patriota, un controvertido paradigma de cooperación gobierno a gobierno, con objetivos centrados en la lucha contra el cultivo de plantas de uso ilícito, el narcotráfico y, recientemente, la insurgencia guerrillera en la medida de su articulación con el narcotráfico.
Dentro de los proyectos que de entrada concitan la simpatía del público están, sin duda, los relacionados con temas ambientales, ciencia y educación, y los de lucha contra la pobreza, aunque estos últimos no suelen tener identidades muy claras, pues a veces aparecen como pro-vivienda, proyectos productivos, entre otras imágenes.
LA COOPERACIÓN INTERNACIONAL PARA LA AMAZONIA
La década del 70 fue especialmente prolífica en el compromiso de Colombia con la coperación internacional, concepto ya cincuentenario por estos días, como quiera que se originó en los procesos de reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial, Plan Marshall de por medio.
Fue durante esta década que tuvo lugar uno de los más grandes programas de cooperación científica y tecnológica, soportado por Holanda y destinado a producir un primer acercamiento al conocimiento físico y biológico de la Amazonia, mediante la adquisición y sistematización de imágenes de radar y satelitales. Me refiero al Proyecto Radargramétrico del Amazonas (PRORADAM), aunque la comprensión del para qué de esos trabajos no pudo ser alcanzada, en su momento, sino por sus directos involucrados dentro y fuera de los gobiernos que tuvieron que ver con él.
El caso es que, superado PRORADAM, las puertas que abrió, los espíritus que movilizó y el horizonte que iluminó, siguen gravitando en la órbita de los ambientalistas, expertos en ciencia y tecnología y expertos en hacienda pública (por el impacto patrimonial público de las mediciones y cartografías), así como en el grueso de la población estudiantil y de la ciudadanía usuaria habitual de la cartografía. Y aunque PRORADAM no fue, ni mucho menos, el inventor de la investigación científica y tecnológica sobre la Amazonia, ni sobre el bosque tropical húmedo, los grandes proyectos que le sucedieron, la mayoría también holandeses, no podrían haber existido sin él.
Las preguntas suscitadas sobre el futuro de la Amazonia y de la Amazonia colombiana en particular, empezaron a responderse desde mucho antes que el tema fuese siquiera reconocido en la agenda pública internacional o tuviese vida académica formal en la Universidad colombiana. Mientras eso ocurría en nuestra provincia, las empresas minero-energéticas, forestales, farmacéuticas, y unos cuantos núcleos de científicos de todo el mundo, avizoraban un porvenir inquietante y lleno de posibilidades en los 7 millones de kilómetros cuadrados de la cuenca. Fue con ese telón de fondo que al finalizar PRORADAM y la década del 70, Holanda, como vanguardia de la investigación en selvas tropicales y del empresariado forestal en el mundo, apoyó la creación del que quizás sea el mayor proyecto de I&D (versión años 70) que se haya tenido en el país hasta ahora, a pesar de los varios proyectos semejantes que se han sucedido después.
El Proyecto DAINCO-CASAM del Convenio Colombo-Holandés fue, por cierto, una apuesta arriesgada, incluso temeraria, de intentar dar respuesta a las preguntas sobre la Amazonia, su identificación, su conocimiento y su porvenir. Más allá de los recursos invertidos, de por sí cuantiosos, la importancia histórica de ese proyecto radica en la enorme movilización de energía humana y de compromiso personal que provocó entre cientos de jóvenes y viejos académicos y entre docenas de comunidades de colonos y de indígenas que acudieron a hacer sus aportes y a elevar sus voces, en procura de que sus ideas e intereses fuesen incorporados en el horizonte de conocimientos y de políticas del proyecto que sentó, sin duda, las bases para la construcción de la región amazónica colombiana como desde entonces se empezó a conocer.
El proyecto DAINCO-CASAM fue evaluado por expertos nacionales e internacionales; sus resultados son diversos y a veces contradictorios; están ahí para un debate que no comienza del todo, pese a los 20 años transcurridos desde su terminación. En todo caso, el casi medio millar de estudios científicos de calidades variables, la extensión de su influencia en los procesos organizativos de comunidades indígenas y de colonos a lo largo y ancho de la Amazonia colombiana y la figuración internacional que les dió a las temáticas ambientales, indígenas, económicas y geopolítcas de las selvas amazónicas, conforman un legado indiscutible sin el cual las iniciativas posteriores habrían sido imposibles.
Nada más una somera revisión de sus bibliografías y los ecos de su presencia en el ámbito académico y político nacional e internacional, provoca admiración pues ninguno de los temas pertinentes entonces ni los que hoy en día han emergido en las agendas públicas le fueron ajenos al DAINCO-CASAM. Para haber sido, como dije, una apuesta riesgosa y temeraria, fue sorteada con éxito, apenas con unos cuantos "rasguños", como se diría coloquialmente. Pese a sus errores (los cuales ya han tenido quien se ocupe de ellos), todo aquel que tenga que ver con la I&D de la Amazonia colombiana, todavía la debe algo al DAINCO-CASAM.
El DAINCO-CASAM le posibilitó el camino y le cedió el lugar a TROPENBOS, otra grande iniciativa, también holandesa, organizada a todo lo largo del cinturón de selva tropical húmeda del planeta a finales de los años 80, y que aún sobrevive. TROPENBOS, con un campo de intervención más reducido, circunscrito a la investigación académica, elevó la calidad de los estudios, incorporó nuevas tecnologías, formalizó el desarrollo de recursos humanos y constituyó un fondo editorial de circulación internacional. Los estudios de TROPENBOS en su conjunto, al lado de estudios a menudo insulares de algunas fundaciones privadas con apoyo internacional y algunos otros de los aportes antiguos y recientes de las uiversidades, constituyen, en mi opinión, el acervo de conocimientos sobre la selva tropical húmeda colombiana de mayor calidad académica del que se dispone hoy en día.
Al final de la década de los 80 y empezando los años 90, la Amazonia se había puesto de moda en el mundo y en Colombia esa pulsación se tradujo en una eclosión de grupos de interés, organizaciones, fundaciones y una abultada cartera de proyectos y programas con todos los propósitos imaginables. Todas las músicas y todos los ritmos. El guión común podría resumirse en una tríada basal: Conocimiento - Conservación - Sostenibilidad. Las líneas melódicas y la tonalidad estaban dadas, entonces como ahora, por motivos como el Calentamiento Global, el narcotráfico, los derechos indígenas y el desarrollo sostenible. Toda esa polisemia que incluye la discursividad vigente en la Amazonia colombiana de hoy. Varios millones de euros fueron destinados a apoyar el desarrollo de iniciativas dentro de esas líneas, más o menos desagregadas.
A comienzos de la década de los 90, un puñado de entusiastas fuimos corresponsables de atraer cooperación técnica y financiera para apoyar esa energía que se había desplegado. Los convenios se ganaron para Colombia y el gobierno nacional creó el llamado Fondo Amazónico, coadministrado por la Unión Europea; se adelantaron actividades en todos los nuevos departamentos amazónicos pero, por contraste, nos hallamos sabiendo muy poco en qué consistieron tales actividades, cuáles grupos humanos fueron beneficiados con sus actuaciones, qué actores sociales intervinieron durante los años de vigencia del Fondo, qué evaluaciones se han hecho y divulgado sobre sus resultados. Ni siquiera quienes contribuimos como gestores del Fondo, aunque nada hayamos tenido que ver con la ejecución del proyecto, estamos al tanto de esas respuestas, pese a haberlas buscado. En este caso, la palabra es del gobierno nacional y de la Unión Europea.
Por la misma época, grupos privados nacionales en alianza con grupos internacionales de ambientalistas, crearon organizaciones como la Fundación GAIA (primero subsidiaria de su homónima inglesa, luego persona jurídica nacional propía) y el Proyecto COAMA (Consolidación Amazónica. Se refiere a la consolidación de los resguardos indígenas creados por el gobierno Barco, bajo los auspicios de quienes a renglón seguido crearon GAIA y el proyecto COAMA). Esta alianza de organizaciones recibió importantes contribuciones de la Unión Europea y de países de la UE, como Holanda, para adelantar su trabajo, dentro de su visión peculiar de intervención en el medio indígena, durante casi 10 años, con resultados que también padecen la invisibilidad, pues no han sido objeto de la debida divulgación, o carecen todavía de una evaluación de dominio público. Aunque se trata de iniciativas privadas, al fin y al cabo las realidades sociales y políticas del país y la situación específica de los pueblos indígenas bajo la jurisdicción del estado colombiano, fueron invocados para la gestión de esos recursos, apoyos y reconocimientos.
Hoy en día es un hecho aceptado que también las organizaciones sin ánimo de lucro y de utilidad común deben no sólo pedir cuentas sino rendirlas. Actualmente estas mismas organizaciones (GAIA, COAMA) y otros adherentes se están reagrupando en el proyecto Amazonas 20-30 y aspiran a recibir nuevamente el apoyo del país y de la comunidad internacional. Está bien que lo pidan y ojalá lo reciban, pero antes sería bueno saber cuáles fueron sus inversiones y qué se logró con los fondos de fuente pública ejecutados, exigencia también predicable para el Fondo Amazónico, que también irrigó recursos en numerosas organizaciones de la llamada "sociedad civil", y que tiene todavía pendiente su rendición de cuentas.
El proyecto COAMA y su sistema de fundaciones van a ejecutar fondos públicos de Holanda o suministrados a través de Holanda. El gobierno de Holanda sabrá qué hacer con su plata y no soy quién para decirle cómo debe hacerlo. Pero los colombianos tenemos derecho a pedir que toda cooperación que se gestiona en nombre de Colombia y en pro de la misma, esté precedida de alguna evaluación sobre qué se ha logrado con la cooperación anterior, ejecutada por los mismos que ahora están pidiendo más y, sobre todo, que esa evaluación proceda de fuentes independientes y contenga el punto de vista de actores amazónicos que conozcan los proyectos pero que no hayan tenido vínculos contractuales o pecuniarios individuales con aquellos.
Tal vez sea hora de adoptar un modelo de ejecución de recursos de cooperación amazónica que reduzca los márgenes de intermediación y que sea controlado por instancias mixtas público-privadas, con veeduría internacional. La iniciativa Amazonas 20-30, basada en un principio de precaución, podría ajustarse a un tal esquema de ejecución que elevaría su eficacia, asimilando las lecciones del reciente pasado, y poniéndose a resguardo de cualquier riesgo subjetivo, única garantía de la perdurabilidad de su actuación y de su efecto.
Fue durante esta década que tuvo lugar uno de los más grandes programas de cooperación científica y tecnológica, soportado por Holanda y destinado a producir un primer acercamiento al conocimiento físico y biológico de la Amazonia, mediante la adquisición y sistematización de imágenes de radar y satelitales. Me refiero al Proyecto Radargramétrico del Amazonas (PRORADAM), aunque la comprensión del para qué de esos trabajos no pudo ser alcanzada, en su momento, sino por sus directos involucrados dentro y fuera de los gobiernos que tuvieron que ver con él.
El caso es que, superado PRORADAM, las puertas que abrió, los espíritus que movilizó y el horizonte que iluminó, siguen gravitando en la órbita de los ambientalistas, expertos en ciencia y tecnología y expertos en hacienda pública (por el impacto patrimonial público de las mediciones y cartografías), así como en el grueso de la población estudiantil y de la ciudadanía usuaria habitual de la cartografía. Y aunque PRORADAM no fue, ni mucho menos, el inventor de la investigación científica y tecnológica sobre la Amazonia, ni sobre el bosque tropical húmedo, los grandes proyectos que le sucedieron, la mayoría también holandeses, no podrían haber existido sin él.
Las preguntas suscitadas sobre el futuro de la Amazonia y de la Amazonia colombiana en particular, empezaron a responderse desde mucho antes que el tema fuese siquiera reconocido en la agenda pública internacional o tuviese vida académica formal en la Universidad colombiana. Mientras eso ocurría en nuestra provincia, las empresas minero-energéticas, forestales, farmacéuticas, y unos cuantos núcleos de científicos de todo el mundo, avizoraban un porvenir inquietante y lleno de posibilidades en los 7 millones de kilómetros cuadrados de la cuenca. Fue con ese telón de fondo que al finalizar PRORADAM y la década del 70, Holanda, como vanguardia de la investigación en selvas tropicales y del empresariado forestal en el mundo, apoyó la creación del que quizás sea el mayor proyecto de I&D (versión años 70) que se haya tenido en el país hasta ahora, a pesar de los varios proyectos semejantes que se han sucedido después.
El Proyecto DAINCO-CASAM del Convenio Colombo-Holandés fue, por cierto, una apuesta arriesgada, incluso temeraria, de intentar dar respuesta a las preguntas sobre la Amazonia, su identificación, su conocimiento y su porvenir. Más allá de los recursos invertidos, de por sí cuantiosos, la importancia histórica de ese proyecto radica en la enorme movilización de energía humana y de compromiso personal que provocó entre cientos de jóvenes y viejos académicos y entre docenas de comunidades de colonos y de indígenas que acudieron a hacer sus aportes y a elevar sus voces, en procura de que sus ideas e intereses fuesen incorporados en el horizonte de conocimientos y de políticas del proyecto que sentó, sin duda, las bases para la construcción de la región amazónica colombiana como desde entonces se empezó a conocer.
El proyecto DAINCO-CASAM fue evaluado por expertos nacionales e internacionales; sus resultados son diversos y a veces contradictorios; están ahí para un debate que no comienza del todo, pese a los 20 años transcurridos desde su terminación. En todo caso, el casi medio millar de estudios científicos de calidades variables, la extensión de su influencia en los procesos organizativos de comunidades indígenas y de colonos a lo largo y ancho de la Amazonia colombiana y la figuración internacional que les dió a las temáticas ambientales, indígenas, económicas y geopolítcas de las selvas amazónicas, conforman un legado indiscutible sin el cual las iniciativas posteriores habrían sido imposibles.
Nada más una somera revisión de sus bibliografías y los ecos de su presencia en el ámbito académico y político nacional e internacional, provoca admiración pues ninguno de los temas pertinentes entonces ni los que hoy en día han emergido en las agendas públicas le fueron ajenos al DAINCO-CASAM. Para haber sido, como dije, una apuesta riesgosa y temeraria, fue sorteada con éxito, apenas con unos cuantos "rasguños", como se diría coloquialmente. Pese a sus errores (los cuales ya han tenido quien se ocupe de ellos), todo aquel que tenga que ver con la I&D de la Amazonia colombiana, todavía la debe algo al DAINCO-CASAM.
El DAINCO-CASAM le posibilitó el camino y le cedió el lugar a TROPENBOS, otra grande iniciativa, también holandesa, organizada a todo lo largo del cinturón de selva tropical húmeda del planeta a finales de los años 80, y que aún sobrevive. TROPENBOS, con un campo de intervención más reducido, circunscrito a la investigación académica, elevó la calidad de los estudios, incorporó nuevas tecnologías, formalizó el desarrollo de recursos humanos y constituyó un fondo editorial de circulación internacional. Los estudios de TROPENBOS en su conjunto, al lado de estudios a menudo insulares de algunas fundaciones privadas con apoyo internacional y algunos otros de los aportes antiguos y recientes de las uiversidades, constituyen, en mi opinión, el acervo de conocimientos sobre la selva tropical húmeda colombiana de mayor calidad académica del que se dispone hoy en día.
Al final de la década de los 80 y empezando los años 90, la Amazonia se había puesto de moda en el mundo y en Colombia esa pulsación se tradujo en una eclosión de grupos de interés, organizaciones, fundaciones y una abultada cartera de proyectos y programas con todos los propósitos imaginables. Todas las músicas y todos los ritmos. El guión común podría resumirse en una tríada basal: Conocimiento - Conservación - Sostenibilidad. Las líneas melódicas y la tonalidad estaban dadas, entonces como ahora, por motivos como el Calentamiento Global, el narcotráfico, los derechos indígenas y el desarrollo sostenible. Toda esa polisemia que incluye la discursividad vigente en la Amazonia colombiana de hoy. Varios millones de euros fueron destinados a apoyar el desarrollo de iniciativas dentro de esas líneas, más o menos desagregadas.
A comienzos de la década de los 90, un puñado de entusiastas fuimos corresponsables de atraer cooperación técnica y financiera para apoyar esa energía que se había desplegado. Los convenios se ganaron para Colombia y el gobierno nacional creó el llamado Fondo Amazónico, coadministrado por la Unión Europea; se adelantaron actividades en todos los nuevos departamentos amazónicos pero, por contraste, nos hallamos sabiendo muy poco en qué consistieron tales actividades, cuáles grupos humanos fueron beneficiados con sus actuaciones, qué actores sociales intervinieron durante los años de vigencia del Fondo, qué evaluaciones se han hecho y divulgado sobre sus resultados. Ni siquiera quienes contribuimos como gestores del Fondo, aunque nada hayamos tenido que ver con la ejecución del proyecto, estamos al tanto de esas respuestas, pese a haberlas buscado. En este caso, la palabra es del gobierno nacional y de la Unión Europea.
Por la misma época, grupos privados nacionales en alianza con grupos internacionales de ambientalistas, crearon organizaciones como la Fundación GAIA (primero subsidiaria de su homónima inglesa, luego persona jurídica nacional propía) y el Proyecto COAMA (Consolidación Amazónica. Se refiere a la consolidación de los resguardos indígenas creados por el gobierno Barco, bajo los auspicios de quienes a renglón seguido crearon GAIA y el proyecto COAMA). Esta alianza de organizaciones recibió importantes contribuciones de la Unión Europea y de países de la UE, como Holanda, para adelantar su trabajo, dentro de su visión peculiar de intervención en el medio indígena, durante casi 10 años, con resultados que también padecen la invisibilidad, pues no han sido objeto de la debida divulgación, o carecen todavía de una evaluación de dominio público. Aunque se trata de iniciativas privadas, al fin y al cabo las realidades sociales y políticas del país y la situación específica de los pueblos indígenas bajo la jurisdicción del estado colombiano, fueron invocados para la gestión de esos recursos, apoyos y reconocimientos.
Hoy en día es un hecho aceptado que también las organizaciones sin ánimo de lucro y de utilidad común deben no sólo pedir cuentas sino rendirlas. Actualmente estas mismas organizaciones (GAIA, COAMA) y otros adherentes se están reagrupando en el proyecto Amazonas 20-30 y aspiran a recibir nuevamente el apoyo del país y de la comunidad internacional. Está bien que lo pidan y ojalá lo reciban, pero antes sería bueno saber cuáles fueron sus inversiones y qué se logró con los fondos de fuente pública ejecutados, exigencia también predicable para el Fondo Amazónico, que también irrigó recursos en numerosas organizaciones de la llamada "sociedad civil", y que tiene todavía pendiente su rendición de cuentas.
El proyecto COAMA y su sistema de fundaciones van a ejecutar fondos públicos de Holanda o suministrados a través de Holanda. El gobierno de Holanda sabrá qué hacer con su plata y no soy quién para decirle cómo debe hacerlo. Pero los colombianos tenemos derecho a pedir que toda cooperación que se gestiona en nombre de Colombia y en pro de la misma, esté precedida de alguna evaluación sobre qué se ha logrado con la cooperación anterior, ejecutada por los mismos que ahora están pidiendo más y, sobre todo, que esa evaluación proceda de fuentes independientes y contenga el punto de vista de actores amazónicos que conozcan los proyectos pero que no hayan tenido vínculos contractuales o pecuniarios individuales con aquellos.
Tal vez sea hora de adoptar un modelo de ejecución de recursos de cooperación amazónica que reduzca los márgenes de intermediación y que sea controlado por instancias mixtas público-privadas, con veeduría internacional. La iniciativa Amazonas 20-30, basada en un principio de precaución, podría ajustarse a un tal esquema de ejecución que elevaría su eficacia, asimilando las lecciones del reciente pasado, y poniéndose a resguardo de cualquier riesgo subjetivo, única garantía de la perdurabilidad de su actuación y de su efecto.
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