miércoles 12 de mayo de 2010

De personalidades, caudillismos, ciudadanía y democracia


Para que los ciudadanos empecemos a ser verdaderos dueños de la dirección del estado, debemos dejar de lado las tentaciones caudillistas como creer que en el diseño de la democracia contemporánea la personalidad del dirigente lo es todo. Ni siquiera sus conocimientos o su idoneidad intelectual en términos absolutos. Los dirigentes, por muy encumbrados que sean, son personas como usted o como yo que tienen virtudes y defectos. No los seleccionamos con los mismos criterios con los que podríamos seleccionar, por ejemplo, un cónyuge, sino que los escogemos en virtud de su capacidad de convocar a las mayorías para un proyecto común. Inclusive su carácter y sus creencias deben mantenerse en el ámbito estrictamente privado para que no incidan en la aplicación o interpretación de la ley (la hermenéutica legal la hacen las cortes). El líder o el dirigente, en la democracia que pretendemos construir, no se rige por sus creencias, por su ideología o por su carácter; se rige por la Constitución y las leyes, cual máquina nomotética. Adaptarse a esa filosofía política, luego de tantos años de caudillismos, autoritarismos, clientelismos, de derecha o de izquierda, cuesta esfuerzo y no siempre los dirigentes son capaces de hacerlo bien, además de que no todos pueden hacerlo. La sabiduría política consiste en sopreponerse a los accidentes coyunturales de este proceso y darle importancia a lo fundamental que son los aspectos programáticos y no la lucha de personalidades o caracteres, para no volver en principal lo secundario o en sustantivo lo adjetivo. La posición del Partido Verde con respecto a no hacer alianzas orgánicas con ningún otro partido, al menos en la primera vuelta, y mantener las puertas abiertas para que se vinculen las personas, hay que mantenerla pues es una posición de Partido y es lo que han pedido los electores en las redes sociales. Pero no se debe ir más allá, agregando valoraciones personales que quizás sean coherentes con cierto formalismo lógico pero que no responden a situaciones empíricas; aunque desde todos los lados haya provocaciones en ese sentido. Los medios están vendiendo la idea de que a los electores no les importan los programas; eso es falso. Lo que pasa es que los medios alcanzan mas rating con el debate de "personalidades" y les sale más barato el cubrimiento, por razones de formato. Si a la gente no le interesaran los programas, los candidatos podrían proponer cualquiera cosa y punto; ganaría el candidato con más "feeling", que seduce mucho pero decepciona pronto. Pues lo contrario es lo que ha pasado con el debate suscitado por temas como la idea de incrementar el IVA, los parafiscales, el SENA, etc. Los programas sí importan, pues se gobierna con programas vueltos leyes y no con personalidades, a menos que se trate de un régimen caudillista. Lo cierto es que todavía tenemos mucho que aprender acerca del papel del carácter y de la personalidad del dirigente en las democracias contemporáneas, con "utillajes mentales" nuevos que a menudo son difíciles de usar cuando la escena la dominan caudillos o caudillitos. El ejercicio de la ciudadanía hoy es un ejercicio de igualdad, independencia, autonomía e información. Ojalá estemos a la altura de lo que significa esa experiencia.